jueves, 30 de marzo de 2017

Autobiográfica 4

A veces, sin darnos cuenta, tendemos a leer libros que tienen un sustrato común. Durante años no me había percatado de que existía un principio rector que envolvía todas mis lecturas. En determinado momento, posiblemente del año 2007, siendo ya consciente de esta circunstancia, comienzo a recopilar materiales dispersos, pequeños ensayos que reproducían una obsesión nada azarosa por la dualidad. Así se empieza a gestar un libro acabado en 2008 y titulado finalmente Jano ante el espejo (Ediciones Irreverentes, 2011). El ensayo, llamémoslo así, concebido como un collage, está hecho de retales, de fragmentos engarzados con comentarios literarios, y aderezado con pequeñas historias y notas autobiográficas.
Jano ante el espejo se inicia con una historia. Tres viajeros descansan junto a las aguas de un manantial y se fijan en una inscripción situada cerca del lugar donde reposan y que dice más o menos así: “Pareceos a este manantial”. En el relato de Tolstoi los personajes parecen meditar sobre la frase que reza en la inscripción. Curiosamente, Jano ante el espejo se cierra con otra historia que remite a una inscripción. En una de las tumbas del cementerio de Thiaucourt, donde están enterrados soldados de la primera guerra mundial y luchadores de 1870-1871, se lee lo que sigue: “Lejos de nuestros ojos, pero cerca para siempre del corazón”. Consideré en ese momento, estoy hablando de 2008, que seguramente era una forma oportuna de acabar el libro, abriendo un resquicio a la verdad que anhelaba.
            Poca gente ha leído, creo, este libro. Se entremezclan, quizá, demasiados temas. Es un río que fluye desde la ficción a la realidad, desde la nostalgia hasta la manía erótica, desde la cultura hasta la naturaleza, desde la sabiduría hasta el escepticismo. Ofrece literatura y vida. No como un diario. Desdibujando los límites entre géneros andaba yo buscando, sin ser plenamente consciente, algo parecido a una escritura transversal, algo parecido a una novela en marcha, algo parecido a prosas apátridas. Pasados los años, el proyecto sigue en marcha porque una necesidad vital me impulsa a continuar esa azarosa búsqueda. Y mientras se acerca el final, que llegará más pronto o más tarde, pienso en una frase que escribí entonces: “La búsqueda infructuosa de la verdad continúa. Porque siempre, aunque soñemos brevemente con haber encontrado la paz, tarde o temprano, antes o después, el sueño acaba y despertamos todos”. Por mi parte eso es todo.



martes, 28 de febrero de 2017

Variaciones sobre tema mexicano

En 2002 el Fondo de Cultura Económica publica Variaciones sobre tema mexicano, de Luis Cernuda, celebrando de este modo el cincuentenario de la primera edición. El poeta escribe este ensayo nada más llegar a México, en 1952, en el contexto de una colección sobre el ser del pueblo mexicano. Precisamente este tema había pasado desapercibido a los escritores españoles del siglo XIX, desinteresados por los territorios coloniales. De hecho, el propio Cernuda señala que, en principio, su posición no distaba mucho de la de Larra o Galdós. Hasta que el azar –y la guerra civil- sitúan al poeta en México. Después del exilio en Inglaterra y Estados Unidos, Cernuda siente el placer de volver a escuchar la lengua española. Así se inician estas variaciones.
El poeta contempla obsesivo el paisaje, descubre sus secretos mientras pasea por el palacio de Miravalle, se fija en la dignidad del cuerpo femenino o en el reposo de los cuerpos masculinos, en los ojos y la voz, en los atavíos y en las actitudes, gusta de escuchar la música que tocan unos campesinos rústicos, contempla la forma en que vida y muerte están entrelazadas, a la vista de todos, en la cultura mexicana, observa a los pobres vendedores de flores, se recrea, en definitiva, en el exótico misterio mexicano. Cernuda capta este misterio en el interior de las iglesias, en la mezcla de lo sencillo y lo barroco, en objetos donde anida la muerte. Y es que al adentrarse en territorio mexicano, Cernuda advierte cómo el dolor y la pobreza, el fondo religioso y sensual, la adoración a las imágenes o el sosiego remansado de las cosas se asemejan al de su patria. Y contemplando un patio recuerda su infancia andaluza.
Cernuda encuentra afinidad con el pueblo –mexicano- en el cuerpo más que en el espíritu, se identifica con el indio, ese hombre a quienes otros pueblos llaman no civilizado, y se queda absorto mirando el crepúsculo en el cielo, los colores que se reflejan en las aguas del mar. Esta identificación con una nueva tierra esta plagada de nostalgia. Una tonada musical evoca un lugar, un espacio. Ensimismado en un jardín, que se asemeja a un rincón secreto, entre la desolación, siente la espera en continuidad con el pasado, como si estuviese perdido en una intersección del tiempo. La soledad y el tiempo de ocio en la playa, mientras alborea, contribuyen a un momento irisado y perfecto. 
Entre la mirada y la palabra, allí donde reside la poesía, entre la posesión del cuerpo como impulso vital, Variaciones sobre tema mexicano encuentra un espacio para la búsqueda del instante deseado, que se fragua en el amor del poeta hacia todo lo que ve.       

      

domingo, 29 de enero de 2017

Las pequeñas virtudes

“Mi oficio es escribir historias…Éste es mi oficio y lo haré hasta mi muerte” (Natalia Ginzburg)

En 1962 la editorial Einaudi, a la que siempre estuvo vinculada Natalia Ginzburg, publica Le piccole virtù (Las pequeñas virtudes, Acantilado, 2016), una recopilación de ensayos escritos entre 1944 y 1962, con un claro tono autobiográfico. Invierno en los Abruzos, que abre el libro y datado en el otoño de 1944, es una descripción entre melancólica y nostálgica del exilio de Natalia Ginzburg en un pueblo cercano a Aquila, mientras se desarrolla la guerra. La escritora retrata el aislamiento invernal, las costumbres ancestrales de las gentes, los paseos por la nieve, las estufas de las casas, los canalones rotos. Acompañada de su marido y de sus hijos, Ginzburg tiene la sensación de haber atravesado en ese otoño la mejor época de su vida. Pero poco después se produce la muerte de su marido. Por eso, en Los zapatos rotos, ensayo de 1945, queda reflejado ineludiblemente el dolor que sacude a la escritora en Roma. Esos zapatos rotos del relato son una metáfora, la expresión de una época de sufrimiento. Una vez acabada la guerra, la sensación de angustia no ha acabado. En El hijo del hombre, Ginzburg muestra la situación de miedo e inseguridad en que se encuentra su generación, apegada a la realidad. Es como si su generación fuese incapaz de superar los desastres del fascismo y de la guerra. Por eso, Ginzburg habla de veinte años de guerra.
A finales de los cuarenta, Natalia Ginzburg escribe Mi oficio, muy consciente y orgullosa de su trabajo, sabedora de que no puede y no sabe hacer otra cosa, hasta el punto de que cuando tiene a sus hijos y pasa una época sin escribir la invade una extraordinaria nostalgia. Ginzburg nos cuenta cómo se desliza la escritura, cómo pasa de la ingenuidad poética de la adolescencia a la ironía y perversidad de los cuentos de su juventud. Traza la trayectoria sentimental que le une a su oficio, la forma en que la alegría y el dolor inciden sobre la escritura. Angustiada por el silencio de nuestro tiempo, por la soledad, por la falta de diálogo, Ginzburg hace un recorrido conmovedor por las fluctuantes relaciones humanas, por el ansia de misericordia, por la ternura y el dolor que invaden nuestras vidas en dos escritos de principios de la década de los cincuenta, Silencio y Las relaciones humanas.
La melancolía y la tristeza de Turín se reflejan en el retrato de Cesare Pavese. La contenida emoción con la que Ginzburg escribe Retrato de un amigo en 1957 deja al descubierto la amistad que lo unía a Pavese. La niebla, el río y la colina configuran el paisaje de la ciudad y parecen adheridos a Pavese como el recuerdo de una época. Una vez asentada en Londres con su segundo marido a principios de los años sesenta, Ginzburg reflexiona, con ironía, sobre la melancolía del pueblo inglés. La tristeza que desprende Inglaterra se traslada a la comida, a la bebida, a los restaurantes, como queda de manifiesto en La Maison Volpé. En realidad, la inteligencia y el buen gobierno, tal como se ponen en evidencia en Elogio y lamento de Inglaterra, no se visualizan en las calles, en la vida diaria de la capital londinense. En Londres, Ginzburg escribe un emotivo retrato de su esposo, titulado Él y yo, que ofrece algunos detalles personales contrastando su personalidad con la de su marido.
Obsesionada por la educación, Natalia Ginzburg se lamenta, en el ensayo que da título al libro, de nuestra tendencia a enfatizar las pequeñas virtudes, a engrandecer el papel del dinero, el afán de propiedad o el deseo de éxito, porque son, en definitiva, las grandes virtudes las que deben alimentar el espíritu de los jóvenes, desde la generosidad y el amor al prójimo al deseo de saber o el amor por la verdad. Ni que decir tiene que la lectura de Las pequeñas virtudes genera un extraordinario amor a la vida y a la literatura.  


sábado, 31 de diciembre de 2016

Pessoa, el señor de la nada

En Pessoa, el señor de la nada (Irreverentes, 2014), Francisco Legaz describe, a medio camino entre la realidad y la ficción, entre el diario y el ensayo, un viaje de carácter iniciático a Lisboa. El protagonista de la historia se lanza al vacío, lo abandona todo (mujer e hijas) para viajar a la capital portuguesa siguiendo los pasos de Pessoa, tomando como excusa un libro que le sirve a modo de guía personal, Atlas de geografía Pessoana, de Leao Borreiro. Una vez en Lisboa, recorre los parajes que antaño visitó el poeta, desde los cafés donde escribía a los enclaves en que meditaba, como un mirador sobre el Tajo. Mientras tanto, toma notas porque mantiene la idea de escribir un libro con las experiencias vividas en la ciudad. De hecho, da la sensación de que la novela se está escribiendo al hilo de la investigación, a partir de esas notas, concediendo de este modo a Pessoa, el señor de la nada un cierto tono autobiográfico. 
El protagonista de la novela se mueve en una especie de caos desordenado, al igual que el relato. Visita el cementerio de “Los prazeres”, las viejas librerías, las calles por donde transitaba Pessoa, pero pronto se da cuenta de que la ciudad en la que vivió el poeta se ha desvanecido y una melancólica decepción, una sensación de vacío, soledad y desamparo se apodera de su alma al comprobar el devenir de las cosas. Por eso, se muestra cada vez más descuidado, obsesionado con la bebida, como si estuviese asimilando los rasgos de la vida de Pessoa, y camina de forma inexorable hacia la desidia y la locura, incluso piensa en el suicidio y escribe cosas inconexas. Imagina historias y heterónimos, se convierte casi en un vagabundo que pinta cuadros para sobrevivir. Parece abocado a una suerte de exilio interior marcado por la indiferencia hacia todo. Obsesionado en buscar un lenguaje carnal y verdadero, que sea capaz de mostrar la esencia de Pessoa y de Lisboa, vive en una especie de sueño en donde las situaciones parecen repetirse y el tiempo se difumina –en todos los sentidos- a través de la metáfora de la niebla que cubre la ciudad.
La novela está repleta de divagaciones, de ensoñaciones. Las citas de Pessoa son frecuentes, al hilo de la narración, argumentando, reforzando la historia. Legaz juega con las identidades del poeta, con su posible inexistencia, e indaga en algunas de las cuestiones que atraviesan su obra literaria, desde la infidelidad hasta la tristeza y la mentira como elementos que definen la existencia humana. No es casualidad que la última visita del protagonista, antes de lograr salir de Lisboa, sea a una especie de eremita que habita en un faro. Es el final de una búsqueda en medio de un tremendo desconsuelo y desasosiego.
       



miércoles, 30 de noviembre de 2016

La larga marcha

 Rafael Chirbes siempre ha estado interesado por la historia. Se ha llegado a decir que leía con asiduidad los Episodios Nacionales de Galdós porque veía en ellos posiblemente un modelo que podía aplicar a nuestra época. En 1996 Chirbes publica en Anagrama una novela que abarca un largo periodo, desde la postguerra en los años cuarenta hasta finales de los años sesenta. La novela se titula La larga marcha. Es el inicio de un proyecto que tiene continuación con La caída de Madrid y Los viejos amigos. Empleando una mirada poliédrica que incluye el estudio de varias familias en descomposición y con un estilo ampuloso, minucioso y detallista, Chirbes acomete la tarea ejemplar de retratar las esperanzas y desencantos de dos generaciones sucesivas en La larga marcha, enlazando los desgarros y frustraciones de la postguerra con las nuevas posibilidades que ofrecía el comunismo en los años sesenta.
La primera parte del libro, titulada El ejército del Ebro, es una recreación histórica de los años cuarenta, un retrato de grupos de distinto signo social, desde los Amado, una sencilla familia campesina que vive en un pueblo gallego, vinculada a la tierra y sus raíces, y que finalmente se ve obligada a emigrar a Madrid por la construcción de un pantano, hasta las familias acomodadas de la alta sociedad madrileña, como los Seseña, un claro ejemplo de aristocracia en decadencia. En este amplio arco social que trata de cubrir Chirbes no faltan las historias de supervivientes de la guerra, individuos que han permanecido años en la cárcel por cometer delitos de carácter ideológico. Este tipo de personajes permiten a Chirbes ahondar en una visión cainita de España, en la imposibilidad de levantar el país por la falta de intelectuales y poetas, en la pérdida de la dignidad y en la idea de derrota que anida como un sentimiento en gran parte de la población española. Tampoco se olvida Chirbes de los jornaleros andaluces, individuos que no atesoran nada, que viven de lo poco que ganan en temporadas de recolección, trabajando como temporeros en los arrozales. La degradación progresiva de los personajes, que afecta incluso a las élites, es un reflejo de la vida de la postguerra. En Madrid hay gente que debe dedicarse al contrabando y al estraperlo para sobrevivir y cualquier oportunidad que se presenta provoca miedo porque es el temor a una nueva vida, a una posible opulencia, a la riqueza, cuando siempre se ha sido un pobre desgraciado. En este sentido, la descripción de Madrid en los años cuarenta es la de un lugar sin oportunidades, que se lo traga todo.
En la primera parte del libro, Chirbes cuenta retazos del final de la guerra, del exilio, y combina a partes iguales el miedo, el dolor y el hambre. En la segunda parte, titulada con toda intención La joven guardia, hay un salto cronológico, la narración se sitúa en los años sesenta, en la generación de los hijos de la postguerra, y se torna más cercana, como más autobiográfica. Es lícito pensar que en las voces superpuestas de los jóvenes personajes que afloran en estas páginas se encuentra el recuerdo de las experiencias de Chirbes en el orfanato y en la universidad madrileña. Se superponen de este modo las reglas estrictas, el orden y la violencia que rigen en el internado con las lícitas aspiraciones a escribir, la influencia ejercida por la formación cinematográfica o la experiencia de la homosexualidad.
La desbordante vitalidad de Madrid parece acoger a los personajes de la novela. En la capital confluyen los emigrantes gallegos, que huyen de la construcción de un pantano y que en la gran ciudad sufren la violencia del desarraigo, pero también llegan a Madrid los campesinos extremeños que buscan nuevas oportunidades y que comprueban, tristemente, el contrate con la vida en Extremadura, experimentando la soledad. El carácter inhóspito de la ciudad se advierte en los desagradables olores, que contrastan con los olores naturales del campo. También confluye en Madrid una generación de jóvenes, los niños de la postguerra, que mayoritariamente va a estudiar en la universidad, un grupo intelectual de estudiantes que discute sobre literatura y filosofía y que configura la nueva generación que luego llevará a cabo la transición política. El desarrollo de las ideas marxistas y la alternativa comunista se presentan como la esperanza para un nuevo país y una nueva sociedad. Chirbes parece recrear ambientes que él también vivió, desde la Facultad de Filosofía y Letras de la Ciudad Universitaria hasta los cine-clubs del centro de Madrid, pasando por el sindicato clandestino de estudiantes. Mezclando lo sentimental con lo literario, Chirbes se centra en la relación existente entre el despertar sexual de los personajes y la esperanza en una revolución comunista.
La novela está plagada de pequeñas historias que van entrelazándose como si se tratase de un tapiz, de detalles que enriquecen la narración, de situaciones sugeridas, de intersticios que el lector debe rellenar. En la larga marcha se habla de los supervivientes de la postguerra, de la brutalidad de los nuevos ricos, de la emigración y el desarraigo, de la esperanza en la revolución. En la novela flota, no obstante, una tenaz melancolía, fruto del desencanto ante las oportunidades perdidas y la decepción ante los sueños desvanecidos. La larga marcha finaliza en los sótanos de la Dirección General de Seguridad. Allí parecen concluir todas las esperanzas depositadas en la joven guardia.
        


lunes, 31 de octubre de 2016

Dos recuerdos

Por expreso deseo de Keynes se publican tras su muerte dos escritos inéditos, dos narraciones que el economista había leído en voz alta a sus amigos en la década de los años 30, en su casa del número 46 de Gordon Square, en esas reuniones donde los miembros del grupo de Bloomsbury aireaban sutilezas y sarcasmos mientras recordaban su pasado en Cambridge. La primera de las narraciones, titulada El doctor Melchior, describe la comprometida situación en que se encontraban las negociaciones de paz tras la primera guerra mundial. Keynes describe las dificultades que tenían las comisiones encargadas de la conferencia para ponerse de acuerdo, pues las posiciones parecían enquistadas después de dos meses, e insiste en los problemas económicos y financieros derivados de la ocupación alemana y del bloqueo de alimentos. A su llegada a la conferencia de paz en enero de 1919, Keynes se da perfecta cuenta de que hay que resolver el problema del abastecimiento de comida en Alemania, pero esta idea choca frontalmente con el obstruccionismo francés, con la posición francesa en las reuniones, obsesionada con la incautación de la marina mercante alemana. La situación se complica porque como telón de fondo en la conferencia se intuye el problema que supone la expansión del bolchevismo. Enfrascado en las negociaciones, Keynes traba amistad con el doctor Melchior, representante alemán en las conversaciones, pues parece interesado en mostrar la dignidad en la derrota. 
            En Mis primeras creencias, la segunda de las narraciones que se incluye en Dos recuerdos, Keynes hace un relato del espíritu de Cambridge antes de la guerra. Habla con frecuencia de religión juvenil, refiriéndose a las creencias del grupo de Bloomsbury, una religión sin moral producto de la influencia ejercida por el libro de Moore, recién publicado en 1903, los Principia Ethica. Keynes cuenta cómo el grupo se dejó arrastrar por las ideas de amor, belleza y verdad, mientras la cuestión del placer quedaba en un segundo plano. El afecto, la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento eran los principales objetivos, junto con la precisión en el lenguaje, en la formulación de las preguntas. Keynes observa esa religión, esas creencias, con cierta nostalgia. Pero también es cierto que cuando escribe y lee ante sus colegas Mis primeras creencias, posiblemente hacia 1932, todavía consideraba válidas las intuiciones de Moore. Sorprende observar cómo en esa época de principios de siglo Keynes y sus amigos parecían completamente alejados del mundo exterior, de las motivaciones económicas, de la tradición benthamita, del cristianismo y del marxismo. Practicando una cierta irreverencia hacia cualquier ortodoxia, Keynes habla incluso de inmoralismo.
            En estos Dos recuerdos brilla con nitidez la mente luminosa y radiante de Keynes. Sabía que conforme se acercaba la fatídica fecha de 1914 su visión del mundo estaba cambiando. Sabía que tanto él como sus compañeros del grupo de Bloomsbury estaban acabados.  
      

jueves, 29 de septiembre de 2016

Dinero, mentiras y realismo sucio

En el año 2000 se publica en Madrid, en Ediciones Irreverentes, la novela Dinero, mentiras y realismo sucio, el cuarto libro del escritor y editor Miguel Ángel de Rus. La obra es recibida por la crítica con grandes y merecidos elogios, siendo ensalzada por personalidades tan dispares como el cineasta Manuel Gutiérrez Aragón o el poeta Luis Alberto de Cuenca, al tiempo que periódicos de signo muy diferente, como El País o ABC, resaltan el valor literario de la novela. Por aquel entonces ya algunos críticos hacen hincapié en las resonancias valleinclanescas y cervantinas en la obra del escritor madrileño, pero todavía pasa casi desapercibida la influencia de la literatura francesa de finales del siglo XIX y principios del XX en De Rus, la deuda contraída por el escritor con la cultura gala. Estas dos tradiciones están en la base de todo lo que ha escrito De Rus a lo largo de dos décadas. Ahora, años después de la primera edición de la novela, cuando la obra del escritor madrileño ha alcanzado la plena madurez con la publicación de sus Novelas reunidas (Mar Editor, 2016), se presenta la oportunidad de revisitar esta pequeña joyita titulada Dinero, mentiras y realismo sucio. 
La obra literaria de Miguel Ángel de Rus deambula entre la necesidad de una mirada exterior al mundo en el que vivimos -una mirada furibunda, llena de odio, cinismo e ironía a partes iguales- y la búsqueda ansiosa de un refugio interior, que en el escritor madrileño se encuentra siempre en los libros, en la música, en la pintura, en el cine, en la cultura en general. En este sentido, De Rus trata de situarse en el marco de lo que podríamos denominar la verdadera cultura, distinguiéndola de la falsa cultura que prevalece hoy en día y que es un reflejo del podrido mundo que nos rodea. Para mostrar esta realidad tan desagradable, Miguel Ángel de Rus elige Estados Unidos como marco en el que se desarrolla la historia de Dinero, mentiras y realismo sucio, y cuenta los avatares de un crítico y escritor que decide vender su alma y su talento escribiendo las historias más zafias, vulgares y amorales que se puedan imaginar con tal de dar carnaza al vulgo y conseguir fama y dinero. Es como prostituirse a través de la literatura.
            La historia de este escritor, Martin White, es presentada en tono casi autobiográfico, en primera persona. La estructura de la novela combina de forma ejemplar la narración de las peripecias del protagonista en el mundo editorial con pequeñas historias, que sirven para ejemplificar el tipo de literatura que escribe Martin White. De Rus describe con ligereza el ascenso del escritor desde sus inicios en los que mezcla el trabajo radiofónico con la publicación de críticas y relatos hasta el momento en que empieza a escribir novelas que le reportan el éxito y la fama, y le convierten en el apóstol del erotismo, el máximo representante de la literatura underground y el realismo sucio. Justo cuando se encuentra en la cúspide de su carrera, una crisis existencial provocará la progresiva caída del escritor. Cada peldaño que sube camino de la gloria y el dinero hace más evidente el proceso de degradación moral que experimenta el protagonista, hasta el punto de que el lector asiste asombrado en las últimas páginas del relato a una especie de descenso a los infiernos en el que Martin White se va destruyendo lentamente. De Rus ha elegido a un mediocre escritor estadounidense como eje de la historia porque eso le permite por una parte realizar una sátira de la sociedad norteamericana y por otra parte describir las falsedades de la mayor parte de la literatura estadounidense de éxito. Abundan, pues, en Dinero, mentiras y realismo sucio, los comentarios peyorativos a propósito de un tipo de novelas escritas para gente con un bajo coeficiente intelectual, orientadas directamente hacia el cine, auténtica literatura basura.
            Es curioso observar cómo esta visión del mundo y de la literatura que nos ofrece De Rus a propósito del modelo estadounidense se ha trasladado a la vieja Europa, lo que convierte a Dinero, mentiras y realismo sucio en un libro de enorme actualidad. La literatura como negocio está a la orden del día, la mayor parte de los libros de éxito tienen una estructura calculadamente repetitiva y la falsedad en la cultura y en el arte lo inunda todo. No es casualidad que De Rus haya elegido como compañeros de viaje y amigos del escritor Martin White a un falso pintor, a un falso actor y a un falso escultor. Todos estos personajes son un reflejo del fracaso de la cultura moderna y, aún más, son personajes carentes de moral, de escrúpulos, el vivo retrato de una sociedad y una época decadentes. En la ciudad de Nueva York, Martin White escribe libros para la mayoría, literatura que no dejará huella, vive a todo tren, gozando de las más bellas mujeres. Martin White cumple el auténtico sueño americano, pero en una vida que está completamente dirigida, tal como nos recuerda De Rus, cualquier desliz puede provocar la caída. Todo es tan frágil. Y tan falso. Y entonces, justo en ese momento en que el mundo se derrumba alrededor de Martin White, nos damos cuenta de que le faltan las palabras para expresar los sentimientos y el dolor que atraviesa el alma. El escritor comprende que quizá la felicidad y el verdadero mundo se encuentren en esa juventud apegada a los libros clásicos. En el brillante final de Dinero, mentiras y realismo sucio, de claras reminiscencias quijotescas, Martin White percibe con claridad que ha vivido inmerso en la locura, en un mundo falso. Sólo al final, cuando está hundido en la más absoluta miseria moral, recupera la cordura. Por mi parte, tal como escribe De Rus en el memorable epílogo de la novela, “ya está bien”.