jueves, 28 de septiembre de 2017

En este momento



Ediciones Cuatro ha publicado una selección de textos de Marcel Proust, En este momento (Madrid, 2005), una recopilación de ensayos nunca editados en vida por el autor y que proceden de la edición francesa de Essais et articles en La Pléiade. En estos ensayos se pone en evidencia la búsqueda incesante de algo inasible, la necesidad que experimentaba Proust de encontrar el momento de embriaguez, ese encantamiento que le permite captar la belleza, ese momento de comunión con el alma universal, que es el único que proporciona verdadera felicidad al escritor. El arrebato, o dicho de otro modo el entusiasmo, es la inspiración que requiere el poeta para convertir las palabras en verdadera literatura. Proust habla de las misteriosas leyes que rigen en la belleza del mundo para explicar la forma en que el poeta permanece absorto observando un árbol, un cerezo y las flores que emanan como copos de nieve.
Cuando Proust habla de disciplina interior, de arquitectura o construcción en las obras de los innovadores de su tiempo –los que luego se convertirán en clásicos- sin duda está pensando en él mismo. Entre los clásicos se interesa especialmente por Goethe y Tolstoi. Proust señala el interés de Goethe por el paisaje, por todo lo que representan las artes en la formación, por los pensamientos que se traducen en los personajes, en los diarios. Pero, en realidad, da la sensación de que Goethe siempre maneja los hilos de la historia y de los personajes. Es la forma que tiene Proust de indicar el genio de Goethe. En Tolstoi los temas y las escenas, renovados, se repiten porque lo que está funcionando en la mente del escritor es el mismo recuerdo. La inteligencia sublime de Tolstoi se pone en evidencia en la construcción intelectual de sus novelas. Por lo demás, Proust también indaga en la estética de los escritores franceses y en la imposibilidad de encontrar un canon literario.
Proust adora la pintura. Se queda absorto ante la luz dorada, crepuscular, de los cuadros de Rembrandt. Se asombra de la forma en que quedan reflejados los pensamientos, las ideas, en los personajes que traza el maestro. Pero también se sorprende ante los autorretratos del anciano Chardin, la forma cotidiana en que el pintor francés capta la belleza de los objetos más inusuales, una raya, una mesa de cocina, una anciana enseñando el arte de hilar a una joven. Chardin presenta los objetos como si fuesen seres vivos mientras los rostros de las personas recuerdan ciertos objetos, como las frutas, dotando de amistad y armonía a los objetos y las personas en un ambiente que para el pintor debía ser sagrado. Observador atento de la naturaleza, Proust recuerda los paisajes bendecidos, sagrados, gracias a la paleta de Manet, y el misterio de los paisajes y los personajes intelectualizados y decadentes de Gustave Moreau. Y si se detiene en el amor melancólico, que constituye el eje de la vida de Watteau, junto a la inconstancia de su carácter, fruto de su inquietud, ¿no está acaso revelando aspectos implícitos en su propio temperamento? ¿Acaso, pues, no está identificándose con estos artistas?
La lectura de Proust nos demuestra –siempre- que la verdadera belleza se logra con la pureza y la transparencia. Nadie como Proust ha explicado con más claridad la forma en que el artista arrastra toda su obra cada vez que hace algo nuevo. Nadie como Proust ha sabido expresar mejor el misterio de la naturaleza, la forma en que al llegar la primavera se despliega ese misterio a través de los cerezos y las lilas en flor, las hojas de los castaños, el canto de los pájaros y el río, el maravilloso río, manantial de lo más sagrado.  

martes, 29 de agosto de 2017

Un paseo literario por las calles de Murcia

El último libro del escritor murciano Paco López Mengual, Un paseo literario por calles de Murcia (Tirano Banderas, 2016), es una colección de historias a medio camino entre la realidad y la ficción que tienen lugar esencialmente en las calles del centro de Murcia y cuyo objetivo, tal como señala el autor en el epílogo del libro, es convertirse en “un nuevo aporte para el disfrute de la ciudad”. De hecho, López Mengual apunta en este epílogo algunas de sus posibles fuentes, ciertos cronistas y narradores que le han podido servir de base para la configuración de las narraciones. Estamos hablando de escritores murcianos como Pérez Crespo, Díaz Cassou, Jara Carrillo o Martínez Tornel. No obstante, es evidente que el origen de algunas de estas historias está enraizado en elementos transmitidos por la tradición oral de generación en generación, por lo que es frecuente que en determinadas ocasiones, ante la imposibilidad de certificar la narración, el escritor apele a fórmulas de la tradición.
            En este opúsculo, López Mengual ha tratado de enlazar varias historias siguiendo un itinerario imaginado a través de las calles principales de la ciudad. El callejero de Murcia diseña, pues, el hilo narrativo, empezando en la plaza de Santo Domingo y terminando en la plaza de Santa Catalina. López Mengual no abandona las calles del casco viejo porque sabe que allí es donde anida el verdadero espíritu de la ciudad. En ocasiones, el campo de acción se amplía, pues, evidentemente Antonete Gálvez, el Garibaldi murciano durante la primera República, es un personaje de la mitología popular cuyas actividades van más allá de las calles de Murcia. Del mismo modo, el libro está repleto de digresiones, desvíos del autor, que cuenta la historia de personajes singulares nacidos en Murcia o vinculados a la ciudad, que luego extienden su vuelo por otros territorios (como el caso de los escritores Miguel Espinosa, Jacinto Benavente y José Echegaray) o incluso por otros países (como el caso de la actriz y bailarina Charo Baeza). A veces, el punto de partida es una calle de Murcia pero el relato conduce al autor hacia otros lugares (como el caso del famoso bandido Jaime el barbudo). Pero es precisamente cuando López Mengual no sale prácticamente de la ciudad cuando el relato se torna más tierno y emotivo, como si nosotros mismos estuviésemos participando de la historia. Y entonces contemplamos a fray Vicente Ferrer lanzando una perorata en la plaza de Santo Domingo mientras cuatro caballos atraviesan el gentío que ocupaba el lugar, nos regocijamos pensando en los cuernos que tenía en la frente el caballero que vivía en la calle Alfaro, pensamos en el triste destino de esa mujer tan hermosa, denominada “la Perla”, ajusticiada públicamente tras haber asesinado a su marido, o atravesamos la calle de Santa Teresa esperando ver en el balcón de la casa Díaz Cassou el fantasma de la misteriosa Dama de Negro. Ni que decir tiene que, después de leer este libro de López Mengual, he vuelto a pasar, como cientos de veces, por los lugares que se mencionan en el relato. Y he de confesar, con cierta nostalgia, que quizá mi mirada hacia esos lugares a los que tanto amo haya cambiado.         


lunes, 31 de julio de 2017

Platónica 7

Es frecuente encontrar recapitulaciones al uso del pensamiento platónico que exploran sólo una parte del corpus filosófico de Platón. Es bastante frecuente también dejar de lado, o en un segundo plano, sus últimas obras, especialmente las Leyes. El opúsculo escrito por Richard M. Hare a principios de la década de los ochenta del pasado siglo (Platón, Alianza, 1991) es un claro ejemplo de esta forma de evocar a Platón. Pero Hare no engaña a nadie. El objetivo es tratar de comprender al filósofo y la premisa metodológica que marca la pauta se advierte en el prólogo: “…Me he concentrado en los diálogos más fáciles, lo que significa en los primeros y en los de madurez, aunque los más tardíos no hayan sido olvidados del todo”. Ahora bien, desde las primeras páginas del opúsculo se advierte que la atención de Hare se vuelca en los presupuestos morales y políticos. Por ello, entiende que los dos factores que definen la segunda mitad del siglo V a. C en la antigua Grecia son la lucha política en las ciudades y el desarrollo del relativismo moral. Partiendo de un penetrante pasaje de Tucídides en el que se habla del cambio que se opera en el lenguaje durante esta época, Hare llega a la conclusión de que “indirectamente tuvo el efecto de estimular a Sócrates y Platón a buscar, en cambio, un camino para encontrar definiciones seguras de palabras morales o de las cosas que ellas connotan”. La obsesión de Hare por la quiebra de la educación moral en Atenas se traduce en un interés recurrente por la forma de enseñar y transmitir la virtud. Del mismo modo, el estudio de los precursores de Platón sirve a Hare para delimitar el papel que las comunidades pitagóricas pudieron tener en las propuestas políticas de Platón, o la forma en que el filósofo busca una síntesis de los puntos de vista de Heráclito y de Parménides “al postular dos mundos, un mundo de los sentidos, que siempre fluye, y un mundo unificado de Ideas”.
Consciente de la unidad del pensamiento platónico y de las dificultades que entraña la interpretación de ciertos pasajes de Platón, Hare propone no forzar el texto platónico para llevar el discurso al terreno que interesa al intérprete y no obligar a Platón a decir nada que no pueda expresarse en griego. Este intento de comprender al filósofo desde una perspectiva lingüística permite a Hare advertir en el discurso platónico ciertas confusiones que él denomina “trampas lingüísticas” y que abocan a Platón hacia un “falso camino”, a lo que sin duda contribuye el hecho de que el filósofo pensaba en imágenes y empleaba un lenguaje visual. Hare insiste en los problemas que tenía Platón para establecer determinadas distinciones, una cuestión que se explica teniendo en cuenta que se encuentra en los albores de la filosofía y debido en parte a ciertas características del idioma griego. Todo ello conduce a Platón “a postular, como objetos del conocimiento, Ideas existentes en un reino eterno que no son proposiciones sino cosas”. La definición de ideas, fundamental en la filosofía platónica, parece un callejón sin salida en el que falta, “como a muchos modernos todavía”, añade Hare, una “distinción entre opiniones sustanciales sobre cuestiones de moralidad”, encontrándose aquí quizá “el mayor fallo en el modo platónico de plantear las preguntas que formulaba”.         
            Partiendo de una esquemática división entre la educación tradicional, fundada en el carácter, y la nueva educación ofrecida por los sofistas, basada en el intelecto, Hare sostiene que la intención de Platón es proyectar una reforma educativa sobre la base socrática de la distinción entre conocimiento y opinión, tema que “afecta al conjunto de la filosofía moral” y que “consiste en que la formación del carácter preceda a la formación intelectual”, de modo tal que lo que hace Platón es establecer una versión modificada de la educación tradicional y de la sofística, que marca diferencias tanto con los buenos caballeros atenienses como con los listos sofistas. La doctrina del conocimiento y el papel de la educación desembocan en un Estado autoritario, y aquí es hacia donde parece apuntar toda la argumentación de Hare, hacia una reflexión sobre las autoritarias opiniones platónicas, que, sin duda, “un liberal moderno encontrará ciertamente repugnantes en extremo”. La mención en este punto del discurso de Karl Popper no parece que sea fruto de la casualidad. El proyecto político de Platón, una respuesta a la incertidumbre moral de la época, que en su versión definitiva de las Leyes “comparte, según el autor, muchos rasgos con la Santa Inquisición”, encuentra su mayor aportación en la necesidad de que los políticos, más allá de ambiciones personales, busquen el bien de la sociedad en su conjunto. Si Richard Hare, en la frase final que cierra el libro, es capaz de perdonar a Platón por considerarlo “el padre del paternalismo y del absolutismo políticos”, quizá nosotros también podríamos perdonar al propio autor por denominar “gurús intelectuales” a los sofistas o “caza de brujas” -incitada por Aristófanes- a la persecución de Sócrates y, sobre todo, por el hecho de considerar a Jenofonte incapacitado para “entender profundamente lo que le preocupaba a Sócrates”, solamente por una cuestión de método, porque “Jenofonte no era filósofo”. 



jueves, 29 de junio de 2017

El espíritu de la Ilustración

En la búsqueda de una base intelectual y moral para nuestro tiempo, Todorov se fija en la corriente humanista de la Ilustración. El resultado es un libro lleno de sugerencias y advertencias titulado El espíritu de la Ilustración (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2014). El proyecto de la Ilustración, que no es unívoco y que aporta en realidad pocas ideas nuevas, se fundamenta en la autonomía, la humanidad y la universalidad. Todorov parece plantear una revisión y crítica de este proyecto con tal de adaptarlo a nuestra época. Por eso empieza señalando los rechazos y las críticas que suscitó la Ilustración en el siglo XIX, como su posible influencia en el colonialismo europeo, su identificación con los peores aspectos de la revolución francesa o su relación con los totalitarismos del siglo XX (en la visión de algunos autores cristianos).
El principio que fundamenta la Ilustración es la autonomía del individuo frente a la tradición, pero eso no significa que se deba prescindir de la tradición. La autonomía individual y colectiva propiciada por la Ilustración no impide que surjan ciertas desviaciones como la autosuficiencia, la soledad y la excesiva crítica, que en opinión de Todorov no conducen a nada. La autonomía del individuo atraviesa desde la libertad de conciencia a la libertad individual y al laicismo moderno. Entre los peligros que acechan a la autonomía individual se encuentra lo que Condorcet denomina la religión política, la sustitución de la tradición religiosa por el culto al Estado, que culmina, en la visión de Todorov, en los totalitarismos del siglo XX. La autonomía que establece la Ilustración permite plantear la búsqueda de la verdad que debe deslindarse de la búsqueda del bien, de los valores morales, políticos y religiosos, para evitar desviaciones como el moralismo y el cientificismo.
El proyecto de la Ilustración también se fundamenta en el humanismo, en el amor a los seres humanos –que no necesita de ninguna justificación religiosa- y que hace viable el deseo de felicidad. Todorov menciona los desvíos, los peligros a los que está sometido el humanismo, cuando se sacralizan los medios y se olvidan los fines verdaderamente humanos. El amor a la humanidad conduce directamente el proyecto ilustrado a la universalidad, a la necesidad de igualdad social y legal, a la igualdad entre hombres y mujeres, al fin de la esclavitud y a la declaración de una serie de derechos.

El espíritu de la Ilustración se cierra con una reflexión sobre los condicionamientos que pueden explicar la explosión del espíritu ilustrado en la Europa occidental del siglo XVIII. Precisamente aquí Todorov se hace eco de la importancia de la autonomía individual y de la pluralidad que concede vigor al proyecto cultural y espiritual de Europa. Por eso, recuerda, siguiendo a Hume, que la identidad europea no se encuentra en lo que nos une, sea el cristianismo o la herencia del imperio romano, sino en lo que nos separa, la diversidad de tradiciones, lenguas y países. Todorov trata de encontrar la identidad de Europa en el proyecto ilustrado, en la idea de “voluntad general”, desarrollada por Rousseau, en la tolerancia y el espíritu crítico y de integración. Estas son las ideas que pueden ayudar a la construcción europea. Esa es la herencia del espíritu humanista de la Ilustración.      

martes, 30 de mayo de 2017

En vísperas

En vísperas, novela publicada en 1860, parece prolongar ciertos aspectos sugeridos por Turgueniev en Primer amor. El desprendimiento puro de los amantes es relatado de forma cercana, siguiendo todo el proceso que conduce al sacrificio final de la heroína, Yelena Stahova. El escritor desvela aquí en primer término, de forma explícita, los sentimientos de los amantes, se involucra en la apasionada historia de Yelena e Insarov, pero lo hace de forma suave y paulatina. El inicio de la novela, no obstante, es como un remanso de paz que muestra como son los personajes de la novela, los jóvenes que rodean a la heroína, que acechan a Yelena porque andan enamorados de ella. Bersenev y Shubin son dos típicos representantes de la juventud rusa, jóvenes talentosos -intelectual y artista respectivamente- con buenas intenciones, pero adocenados, sin ninguna capacidad para la acción. Esto es así porque en Rusia no hay verdaderos hombres en el sentido en que lo entiende Turgueniev. Por eso el país no puede experimentar ningún cambio. Precisamente lo que espera Yelena es la llegada de algo diferente que dé un vuelco a su vida anodina. Todos los elementos de la novela parecen contribuir a esa sensación de quietud, de estatismo, desde la familia de la heroína hasta el mismo paisaje que envuelve a los personajes, con la dacha y el río. En este ambiente, en donde parece que no se mueve nada, aparece la figura de Insarov, un joven estudiante búlgaro, obsesionado con la independencia de su país. A partir de ese momento, Turgueniev desvela el proceso de enamoramiento de la protagonista, emplea el recurso de un diario en primera persona en el que se desbrozan los sentimientos de Yelena. El final de ese proceso se certifica en una capilla donde coinciden los dos amantes, lo que concede un halo sagrado a la historia de los dos jóvenes.
            Turgueniev impulsa a sus jóvenes amantes a abandonar Rusia, a buscar una situación nueva en otros lugares alejados de la madre patria. En Venecia concluye la historia de amor y, al mismo tiempo, alcanza su plenitud. La culminación se produce en el teatro, mientras suena la Traviata de Verdi, que Turgueniev emplea como elemento de contraste, para exaltar la belleza. Es una suerte de apoteosis, que pone fin a una estancia en Venecia repleta de breves momentos de felicidad. La pureza y la ingenuidad del amor compartido explotan en la ciudad italiana, en medio de un entorno sublimado. La muerte de Insarov, presagiada a través de un sueño, acaba también con la vida de la heroína. “Todo ha terminado para mí” (p. 234), dice más o menos Yelena al morir Insarov, en la última carta que escribe a sus padres. 
            En vísperas es una historia sobre la pureza y el sacrificio, sobre la forma desprendida en que se manifiestan en la juventud. Turgueniev anda a la búsqueda de verdaderos hombres, capaces de cambiar el país, hombres como Insarov capaces de dar su vida por la patria. Por eso, no es aventurado señalar que el relato está salpicado de premoniciones. Es desolador, por lo demás, observar cómo la vida de Yelena se acaba al mismo tiempo que la de Insarov. Da la impresión de que Turgueniev quiere ir hasta el final en esta historia de amor y muerte entrelazados. La vida nos ofrece tan poco que el destino de los dos amantes nos conmueve. Apenas unos instantes de felicidad quedarán como rescoldos de una infinita belleza.



jueves, 27 de abril de 2017

El escritor y su imagen

En 1975 Ediciones Guadarrama publica una compilación de ensayos de Francisco Ayala sobre grandes escritores españoles de la generación del 98, con el significativo título de El escritor y su imagen. Ayala adopta en estos ensayos una doble perspectiva, directa  por los recuerdos personales que le unen a estos escritores y distante a la vez porque habla de un pasado ya concluso. El primer ensayo, dedicado a la crítica literaria de Ortega y Gasset, supone un acercamiento de Ayala a la persona con quien compartió tertulias, afectos y admiración. Se evidencia desde un primer momento el intento de vincular la crítica literaria con la filosofía y la estética de Ortega, el concepto de género literario en su relación con la función estética. Sabemos que Ortega trataba de dar plenitud de significado a los objetos que estudiaba, potenciando las obras, enseñando a leer los libros. Ayala parece retomar esta idea orteguiana pretendiendo rescatar el primitivismo de la cultura española, el carácter arcaico y la rudeza de la estética y de la poesía primitiva española frente a la retórica literaria que se impone en el Barroco. Por eso, no es de extrañar que Ayala se centre en el análisis orteguiano de Baroja, tratando por una parte de desvincularse de la retórica barroca y procurando desentrañar el misterio barojiano.
El ensayo sobre Azorín parte de una serie de consideraciones sobre el comportamiento político volátil del escritor. La idea de Ayala es relacionar las ideas políticas y la personalidad de Azorín con la creación literaria, buscando vínculos de unión entre la actitud del escritor y el carácter provocador, en general, de los miembros de la generación del 98 para, finalmente, hacer hincapié en la cosmovisión de Azorín, en donde se mezclan ciertas ideas anarquistas con el nihilismo y la influencia de Schopenhauer y Nietzsche, una visión desoladora y escéptica de la existencia humana que contribuye a dar sentido a muchas de sus actuaciones y a parte de sus escritos. Esa misma idea, la búsqueda de unidad entre actitudes y obra literaria, recorre la visión de Valle-Inclán, pues Ayala considera que esa unidad, como en el caso de Azorín, es indisociable. Ayala habla de las categorías estéticas de Valle-Inclán, a las que todo se reduce, no sólo su literatura sino también sus intervenciones políticas, sus extravagancias, hasta su indumentaria. Por eso se adentra en la creación del personaje ideado por el propio escritor, en el histrionismo que define su figura como efecto de los valores estéticos que configuran su visión del mundo. Y sugiere, a fin de cuentas, la posibilidad de que en La lámpara maravillosa se encuentre definido su ideario estético, que apunta al gnosticismo. En el ensayo que cierra el libro, Ayala trata de desvelar la estética de Machado, un hombre desligado de la política y del mundo literario, un hombre solitario. Ayala se propone relacionar la estética del poeta con el destino de su patria e insiste en subrayar determinadas ideas que subyacen en la poesía de Machado, como el tema de Caín o la presencia de la muerte. Ayala nos presenta la imagen de un Machado pensador, cercano a la filosofía, un hombre que en sus mejores poesías es capaz de convertir la meditación metafísica en emoción lírica.   



jueves, 30 de marzo de 2017

Autobiográfica 4

A veces, sin darnos cuenta, tendemos a leer libros que tienen un sustrato común. Durante años no me había percatado de que existía un principio rector que envolvía todas mis lecturas. En determinado momento, posiblemente del año 2007, siendo ya consciente de esta circunstancia, comienzo a recopilar materiales dispersos, pequeños ensayos que reproducían una obsesión nada azarosa por la dualidad. Así se empieza a gestar un libro acabado en 2008 y titulado finalmente Jano ante el espejo (Ediciones Irreverentes, 2011). El ensayo, llamémoslo así, concebido como un collage, está hecho de retales, de fragmentos engarzados con comentarios literarios, y aderezado con pequeñas historias y notas autobiográficas.
Jano ante el espejo se inicia con una historia. Tres viajeros descansan junto a las aguas de un manantial y se fijan en una inscripción situada cerca del lugar donde reposan y que dice más o menos así: “Pareceos a este manantial”. En el relato de Tolstoi los personajes parecen meditar sobre la frase que reza en la inscripción. Curiosamente, Jano ante el espejo se cierra con otra historia que remite a una inscripción. En una de las tumbas del cementerio de Thiaucourt, donde están enterrados soldados de la primera guerra mundial y luchadores de 1870-1871, se lee lo que sigue: “Lejos de nuestros ojos, pero cerca para siempre del corazón”. Consideré en ese momento, estoy hablando de 2008, que seguramente era una forma oportuna de acabar el libro, abriendo un resquicio a la verdad que anhelaba.
            Poca gente ha leído, creo, este libro. Se entremezclan, quizá, demasiados temas. Es un río que fluye desde la ficción a la realidad, desde la nostalgia hasta la manía erótica, desde la cultura hasta la naturaleza, desde la sabiduría hasta el escepticismo. Ofrece literatura y vida. No como un diario. Desdibujando los límites entre géneros andaba yo buscando, sin ser plenamente consciente, algo parecido a una escritura transversal, algo parecido a una novela en marcha, algo parecido a prosas apátridas. Pasados los años, el proyecto sigue en marcha porque una necesidad vital me impulsa a continuar esa azarosa búsqueda. Y mientras se acerca el final, que llegará más pronto o más tarde, pienso en una frase que escribí entonces: “La búsqueda infructuosa de la verdad continúa. Porque siempre, aunque soñemos brevemente con haber encontrado la paz, tarde o temprano, antes o después, el sueño acaba y despertamos todos”. Por mi parte eso es todo.



martes, 28 de febrero de 2017

Variaciones sobre tema mexicano

En 2002 el Fondo de Cultura Económica publica Variaciones sobre tema mexicano, de Luis Cernuda, celebrando de este modo el cincuentenario de la primera edición. El poeta escribe este ensayo nada más llegar a México, en 1952, en el contexto de una colección sobre el ser del pueblo mexicano. Precisamente este tema había pasado desapercibido a los escritores españoles del siglo XIX, desinteresados por los territorios coloniales. De hecho, el propio Cernuda señala que, en principio, su posición no distaba mucho de la de Larra o Galdós. Hasta que el azar –y la guerra civil- sitúan al poeta en México. Después del exilio en Inglaterra y Estados Unidos, Cernuda siente el placer de volver a escuchar la lengua española. Así se inician estas variaciones.
El poeta contempla obsesivo el paisaje, descubre sus secretos mientras pasea por el palacio de Miravalle, se fija en la dignidad del cuerpo femenino o en el reposo de los cuerpos masculinos, en los ojos y la voz, en los atavíos y en las actitudes, gusta de escuchar la música que tocan unos campesinos rústicos, contempla la forma en que vida y muerte están entrelazadas, a la vista de todos, en la cultura mexicana, observa a los pobres vendedores de flores, se recrea, en definitiva, en el exótico misterio mexicano. Cernuda capta este misterio en el interior de las iglesias, en la mezcla de lo sencillo y lo barroco, en objetos donde anida la muerte. Y es que al adentrarse en territorio mexicano, Cernuda advierte cómo el dolor y la pobreza, el fondo religioso y sensual, la adoración a las imágenes o el sosiego remansado de las cosas se asemejan al de su patria. Y contemplando un patio recuerda su infancia andaluza.
Cernuda encuentra afinidad con el pueblo –mexicano- en el cuerpo más que en el espíritu, se identifica con el indio, ese hombre a quienes otros pueblos llaman no civilizado, y se queda absorto mirando el crepúsculo en el cielo, los colores que se reflejan en las aguas del mar. Esta identificación con una nueva tierra esta plagada de nostalgia. Una tonada musical evoca un lugar, un espacio. Ensimismado en un jardín, que se asemeja a un rincón secreto, entre la desolación, siente la espera en continuidad con el pasado, como si estuviese perdido en una intersección del tiempo. La soledad y el tiempo de ocio en la playa, mientras alborea, contribuyen a un momento irisado y perfecto. 
Entre la mirada y la palabra, allí donde reside la poesía, entre la posesión del cuerpo como impulso vital, Variaciones sobre tema mexicano encuentra un espacio para la búsqueda del instante deseado, que se fragua en el amor del poeta hacia todo lo que ve.       

      

domingo, 29 de enero de 2017

Las pequeñas virtudes

“Mi oficio es escribir historias…Éste es mi oficio y lo haré hasta mi muerte” (Natalia Ginzburg)

En 1962 la editorial Einaudi, a la que siempre estuvo vinculada Natalia Ginzburg, publica Le piccole virtù (Las pequeñas virtudes, Acantilado, 2016), una recopilación de ensayos escritos entre 1944 y 1962, con un claro tono autobiográfico. Invierno en los Abruzos, que abre el libro y datado en el otoño de 1944, es una descripción entre melancólica y nostálgica del exilio de Natalia Ginzburg en un pueblo cercano a Aquila, mientras se desarrolla la guerra. La escritora retrata el aislamiento invernal, las costumbres ancestrales de las gentes, los paseos por la nieve, las estufas de las casas, los canalones rotos. Acompañada de su marido y de sus hijos, Ginzburg tiene la sensación de haber atravesado en ese otoño la mejor época de su vida. Pero poco después se produce la muerte de su marido. Por eso, en Los zapatos rotos, ensayo de 1945, queda reflejado ineludiblemente el dolor que sacude a la escritora en Roma. Esos zapatos rotos del relato son una metáfora, la expresión de una época de sufrimiento. Una vez acabada la guerra, la sensación de angustia no ha acabado. En El hijo del hombre, Ginzburg muestra la situación de miedo e inseguridad en que se encuentra su generación, apegada a la realidad. Es como si su generación fuese incapaz de superar los desastres del fascismo y de la guerra. Por eso, Ginzburg habla de veinte años de guerra.
A finales de los cuarenta, Natalia Ginzburg escribe Mi oficio, muy consciente y orgullosa de su trabajo, sabedora de que no puede y no sabe hacer otra cosa, hasta el punto de que cuando tiene a sus hijos y pasa una época sin escribir la invade una extraordinaria nostalgia. Ginzburg nos cuenta cómo se desliza la escritura, cómo pasa de la ingenuidad poética de la adolescencia a la ironía y perversidad de los cuentos de su juventud. Traza la trayectoria sentimental que le une a su oficio, la forma en que la alegría y el dolor inciden sobre la escritura. Angustiada por el silencio de nuestro tiempo, por la soledad, por la falta de diálogo, Ginzburg hace un recorrido conmovedor por las fluctuantes relaciones humanas, por el ansia de misericordia, por la ternura y el dolor que invaden nuestras vidas en dos escritos de principios de la década de los cincuenta, Silencio y Las relaciones humanas.
La melancolía y la tristeza de Turín se reflejan en el retrato de Cesare Pavese. La contenida emoción con la que Ginzburg escribe Retrato de un amigo en 1957 deja al descubierto la amistad que lo unía a Pavese. La niebla, el río y la colina configuran el paisaje de la ciudad y parecen adheridos a Pavese como el recuerdo de una época. Una vez asentada en Londres con su segundo marido a principios de los años sesenta, Ginzburg reflexiona, con ironía, sobre la melancolía del pueblo inglés. La tristeza que desprende Inglaterra se traslada a la comida, a la bebida, a los restaurantes, como queda de manifiesto en La Maison Volpé. En realidad, la inteligencia y el buen gobierno, tal como se ponen en evidencia en Elogio y lamento de Inglaterra, no se visualizan en las calles, en la vida diaria de la capital londinense. En Londres, Ginzburg escribe un emotivo retrato de su esposo, titulado Él y yo, que ofrece algunos detalles personales contrastando su personalidad con la de su marido.
Obsesionada por la educación, Natalia Ginzburg se lamenta, en el ensayo que da título al libro, de nuestra tendencia a enfatizar las pequeñas virtudes, a engrandecer el papel del dinero, el afán de propiedad o el deseo de éxito, porque son, en definitiva, las grandes virtudes las que deben alimentar el espíritu de los jóvenes, desde la generosidad y el amor al prójimo al deseo de saber o el amor por la verdad. Ni que decir tiene que la lectura de Las pequeñas virtudes genera un extraordinario amor a la vida y a la literatura.